Sofá y purgatorio | Reseña de Si las cosas fuesen como son

Reseña de Si las cosas fuesen como son

De vez en cuando, cae en tus manos un libro del que es mejor que nadie te hable, ni mucha sinopsis ni leches, ni reseñas sesudas. Solo ese cosquilleo. Un Panza de burro, un Florido granado caduco marchito, un Morir es un color, un Las novias. En definitiva, un libro raro, en el mejor de los sentidos. Raro es un piropo en unos tiempos en las que las imprentas parecen alimentadas con speed: cada hora se publican en España 10 libros nuevos. 250 al día, unos 90.000 al año. El FOMO, esa enfermedad moderna tan angustiosa, también salpica a las librerías.

Por eso es guay que de vez en cuando, una perla de ostra, un trébol de cuatro hojas como Si las cosas fueran como son —Premio Premio Juan Carlos Onetti 2021, escrito por Gabriela Escobar Dobrzalovski, recién llegado a librerías, prologado por Sabina Urraca y editado por H&O— llegue a tus manos. Trotando en trance como ese caballo azul de la portada, te llevará a caminos dolorosos, a un viaje sensorial, a la memoria de una familia acumulada en los genes y en las historias. Con sus rosas y sus espinas.

Es esta una historia de una mujer que vuelve a casa tras una ruptura sentimental, de una familia y sus costuras. Su claustrofobia. Sus silencios. Su violencia. Sus ladridos. Su sofá como una prisión, las raíces heridas de su árbol genealógico. Su oscuridad cósmica, su sangre llamando. Su soledad infinita. Sus penas primitivas, sus lazos irrompibles. De una madre y sus tentáculos que asfixian.

Con una escritura que es a la vez una llamarada poética, flores y combustible, y a la vez oralidad pura, un relato que alguien te cuenta al oído en un patio de luces bajo la luna, la prosa de Gabriela Escobar Dobrzalovski es de lo más original. Evocadora, centelleante, con una mirada microscópica que te atraviesa. Una gran sorpresa para recibir a este otoño.

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