Mi amiga Estela ha escrito un libro, ay qué nervios, qué emoción, qué felicidad, y es un libro genial, lleno de recovecos, generacional como un cubata con licor 43, melancólico como recordar el frigopié o los dibujos del Xabarin, triste y divertidísimo como un gatito que muerde. Lo publica una editorial nueva que se llama Plasson e Bartleboom -y que tiene unas portadas chulísimas que quitan el hipo- y se llama Todo es verdad porque nadie mira. Un título que podría haber sido la letra de una canción de Piratas, un graffiti en la que fue nuestra discoteca favorita -y que ahora podría ser un Mercadona, o un montón de apartamentos turísticos-, un lema para llevar escondido en una servilleta.
Este es un libro que seguro que te resuena por dentro: la bienvenida a la agridulce pero esperanzadora treintena, con las ilusiones un poquito más desgastadas, las amigas que se atreven a traer a un bebé al mundo, las páginas escritas que nadie ha leído, los trabajos precarios, los vuelos lowcost, los amores de la adolescencia parpadeando en la memoria RAM, las culpas familiares, las canciones que nos hacen levitar, las confesiones a las ocho de la mañana en un kebab, con los ojos rojitos. Estela habla de nosotras, de las niñas de los noventa que se hicieron mayores en los dosmiles, con morro y mala suerte y decisiones cuestionables pero siempre sujetadas por las amigas. Las que te pasan un tampón como si fuese tabaco de contrabando, con las que te fugas de casa, a las que echas de menos como a una extremidad cuando te toca vivir fuera.
Esta es la historia de Julia, que vuelve a su ciudad natal con prisa y unas flores porque su amiga Marta ha tenido en una hija. En un día, con su visita al hospital, su sobremesa en un bar de viejos, sus encuentros y sus estropicios, cabe una vida entera: la de su pandilla, la de su familia, la de las distintas versiones de sí misma que el tiempo fue moldeando. En su bolso, asoma un manuscrito.
«Escribir es estar sola. Estar sola en casa, como Macaulay Culkin pero sin la parte divertida; sin ser traviesa, solo triste. Estar sola en casa como ese gato del poema de Wisława Szymborska, esperando a que se muevan los muebles, a que vuelvan los pasos, a no estar solo más tiempo», escribe Estela. En cambio, leer es estar más acompañada: recordar los veranos, charlar con nuestra yo adolescente, enternecerse con las broncas de las madres, por los secretos bien guardados de los padres, brindar por el futuro aterrador pero brillante, sentirse vivas pese al caos, repensar nuestra ciudad, celebrar a las amigas, que son nuestro cordón umbilical. Recordar los benditos malditos años 2000 y coger fuerzas para seguir, que arrieritos somos, pero en el camino nos encontraremos. Leed a Estela Gómez, palabrita de amiga orgullosa.
Imagen | Olga Díez/Flickr