El verano umbilical | Reseña de Estival de Guillermo Aguirre

El verano umbilical | Reseña de Estival de Guillermo Aguirre

Lo evidente es misterio

Eloy Sánchez Rosillo

Lo confieso en la primera línea, por si las moscas: Estival es mi libro favorito del año. Diría que, cuando los meses pasen y su poso se asiente, creo que será uno de los favoritos de la vida, categoría reservada a un puñado de historias mágicas, inolvidables, chinchetas en la memoria, confeti de personajes que se quedaron a vivir en la barriga, de revelaciones profundas. Otros ejemplos recientes, que poco o nada tienen que ver entre ellos: En la piscina, de Julie Otsuka, Sur de Antonio Soler o Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro, de Cookie Mueller. Si acaso, comparten entre ellos esa radiografía de lo increíble en lo cotidiano, esa colección de flashes sublimes dentro de las vidas corrientes. La nueva novela de Guillermo Aguirre, publicada por Sexto Piso España, también está atravesada por esa luz primitiva, ese resplandor de la infancia cuyo eterno retorno perseguimos, incansables, el resto de veranos de nuestra vida.

Estival, de lenguaje juguetón, exquisito, personalísimo, sitúa al lector frente a una premisa interesantísima: vivir cada uno de los veranos de la vida de Jonás en el pueblo, desde 1984 a 2045, desde que descubre que sus manos son suyas -magia- a la curiosidad de la adolescencia escurridiza, las primeras muertes y desencantos, los amoríos y desamores, la precariedad y la creación, el bebercio y el placer, los cambios en el cuerpo, en el alma, en el campo y en los otros. De lo diminuto -un bulto, un beso, un trago, un herrerillo, una mano de barniz- a lo más complejo -el ecosistema del bar, clásicos y míticos, las normas no escritas, los engranajes milimétricos, nunca iguales, de cada familia, las sincronías de la pareja, los cuidados en la enfermedad- y a lo macro -el éxodo de los pueblos, la soledad masiva, el cambio climático, la tecnología, la guerra, la naturaleza imponente, todo lo que nos precede y lo que nos sucede-. Muchas pulsiones, de vida y de muerte -Eros y Tánatos compartiendo birra, funeral, poda, fiesta y sudor en el pueblo-. toneladas de asombro infinito y una invitación a la pausa y a la contemplación. ¿Qué hacemos con nuestra vida? Al menos, deberíamos pararnos a mirarla: su torbellino de azares, infortunios, buenos pálpitos y malas decisiones. El inmenso mar de raíces, nuestros muertos devolviéndonos la ojeada en las fotos, y por las ramas, todavía intuiciones, yemas florales, los que vendrán después.

Con un amplio mosaico de personajes –amigoscolegasabuelashijosamantesparroquianosparejasvecinos-, un tono único -si fuese un helado veraniego, Estival sería 80% melancolía, 15% esperanza y un 5% de ese humor oscuro que nos gastamos en el norte- y muchas ganas de indagar en la verdadera esencia de las cosas, en los secretos sutiles que albergan todos esos veranos, Guillermo Aguirre firma una obra maestra. Un libro uterino, en el que dan ganas de meterse otra vez para recibir, aunque sea un chispazo, un reflejo, un segundito, un chapuzón de esa luz cautivadora, de esos arañazos divinos que todos vimos alguna vez, algún agosto, cuando estaba todo por delante.

Imagen | Andrus Lukas/Unsplash

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