El ajo cría sangre | Reseña de El celo de Sabina Urraca

El celo de Sabina Urraca

La Perra y la Humana. El retorno a un Madrid que le resulta ajeno, un grupo de terapia como llave para conseguir ansiolíticos, una mujer alucinante, amigas atípicas, recuerdos lóbregos de los días en el campo con su novio de ojos transparentes, moratones inexplicables, foros caninos, deseo dormido, los cuentos de la abuela revolviéndose en el pecho como premoniciones, las tetas que duelen. El celo (Alfaguara) es la nueva novela de Sabina Urraca, después de deslumbrarnos en múltiples facetas literarias, como su debut en Fulgencio Pimentel con la inclasificable y asombrosa Las niñas prodigio o el descubrimiento explosivo de Panza de Burro, que editó con Barrett.

¿Quién salva a quién? Este es un libro redondo -un libro talismán, un libro relicario, un libro caja de Pandora, un libro madeja- sobre la humanidad de los perros y la animalidad de las mujeres, sus mecanismos de supervivencia como la huida y el olvido, esa intuición más vieja que el mundo y que acecha en algún lugar de la piel y del encéfalo. La unión entre las protas es un milagro: la conexión primitiva y cómplice entre una chica sin deseo y una perra en celo, entre quien quiere adormecerse de la vida y sus palos y sus fantasmas -ante la imposibilidad de resucitar, cuando todo está negro- y aquella que desea vivir rabiosamente, frotarse con todo, comer cosas que chorrean. Las dos caras de una moneda que, como todo lo invisible, siempre tiende al equilibrio.

La Humana, cuyo nombre desconocemos -normal, si viene de días turbios en los que ha perdido su Fuerza y un amor violento le ha fagocitado la identidad, ese cóctel que nos da a cada uno nuestro brillo particular y nos diferencia de lo aséptico de las máquinas- y la Perra -al revés que su dueña, todavía sin bautizar, tabula rasa, ímpetu hecho pelo, mimo y carne- recorrerán juntas un camino de espinas, de descubrimiento, de desandar y de rabia y alegría compartida. Las buenas historias con perro son muchísimo mejores que las historias sin él -por eso Un amor de Sara Mesa y Florido granado caduco marchito de Sara Baume son dos de mis libros favoritos-, pero además, en El celo se produce una sinergia entre sus dos protagonistas, una especie de epifanía conjunta. Un viaje doloroso que se te mete en las tripas.

La Humana necesita las pastillas porque su cuerpo grita –el cuerpo dice lo que la boca calla, como bien advierte el refrán- o precisamente, para no escuchar lo que dice. Mientras, la Perra quiere arrancarse las bragas y rendirse al placer de obedecer al instinto. Por eso, para mí El celo habla del cuerpo, de lo difícil de encarnar el propio con las heridas pasadas, y del camino que hay que recorrer para regresar a él, para volver a casa, como Dorothy en El mago de Oz. De lo difícil de ser persona –yo tampoco sé vivir, estoy improvisando, como la canción-. También del poder de las palabras, que a veces están ocultas en sótanos secretos del cerebro, el de los traumas enquistados, el de los miedos infantiles, el de las dementes y las rumiantes y las locas y las deprimidas, pero que siempre vuelven a la superficie, como perlas de ostra, para salvarnos. El cuerpo y las palabras saben, saben más que nosotras mismas: son un puñado de luciérnagas, de miguitas de pan. Hay que escuchar: al abdomen, a los sueños, a las ancestras, también a las tetas que duelen, a los moratones, a la electricidad después de una mirada, al duelo, al cansancio extremo, a la sangre.

Es este también un libro sobre el alma y cómo araña y ladra y babea y lucha por salir a la superficie y no ahogarse. Sobre saber quién eres, quién eres después de todo. El celo es un libro definitivamente distinto, rabiosamente hermoso. Diría rotundamente que imprescindible.

Imagen de portada | Andrew Seaman/Flickr

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *