El brillo de los lugares comunes | Reseña de Ser de fuera de Raquel Delgado

Reseña Ser de fuera Raquel Delgado

Cuando se despierte el día, con el rugido de los claxons
y el sonido familiar del saxofón en la avenida
vestiremos con palabras que nos queden bien

Y bajo influjo de Gardel
marcharemos con anhelo de
volver, volver, volver, volver, volver, volver

Shinova

Ser de fuera de Raquel Delgado ha sido una de las sorpresas más gratas de esta recta final de primavera, primer coletazo de verano, donde tumbarse con el gato al fresco sobre la cama es un placer de los dioses. Sexto Piso nunca defrauda.

Aunque me encantan los relatos ambientados en la América Profunda, el gótico sureño o los lluviosos pueblos ingleses en los que está a punto de pasar algo espantoso, Ser de fuera tiene algo especial que lo distingue: sus lugares comunes, la extrañeza de volver a casa y encontrarnos con nuestro yo del pasado, las sensaciones que tanto resuenan —palabra de moda que odio, pero que aquí viene al caso— cuando nuestros campos magnéticos se chocan con los de nuestros seres queridos. El hacerse mayor, pero con una juventud que todavía galopa en la tripa, como una liebre. La tirantez y la complicidad —una de cal, otra de arena— entre las hijas y las madres. Los frames del mundo congelados ante una enfermedad. Las normas no escritas de tu pueblo. Añorar las vidas posibles que no has tenido. Un bloc de notas que es como una linterna para iluminar las cajitas de la mente. Compartir con tus sobrinas guacamole y fuegos artificiales. Pedir un deseo, salir de paseo. La alegría indefinible del primer día de piscina. La tristeza de las navidades comparado con el recuerdo de cuando eres pequeño.

En una época cada vez más segmentada -ya nadie ve la misma serie, el tiempo es un bien escaso, se trabaja los findes, el scroll de hoy caducó antes de cruzar tus ojos-, los lugares comunes de Raquel Delgado son un pequeño y hermoso milagro. Situaciones expuestas con simplicidad y lucidez, a ojo de buen cubero, a una distancia que te parecerá la vida propia. Seguramente tú también te hayas acostado muchos días con la idea obsesiva de que la vida no tiene sentido, hayas tenido una amiga conflictiva como Eva, hayas mirado con ternura a tu padre mientras metía los pies en el agua o hayas sentido que queda todo por delante al estrenar enero y volver a casa.

Pues eso. Que me ha encantado Ser de fuera. Que tiene la mirada tranquila de quien podría descubrir los secretos de la vida sentándose un domingo en la plaza, escuchando a las treintañeras en una verbena, a los parroquianos del bar, a las madres melancólicas. Que posee algo que, en literatura, (gracias a Dios) ni se compra ni se vende. La pureza. Léanla.

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