Pecas, punkis y penas | Reseña de Mosturito

Reseña de Mosturito

Mosturito tiene la carastrujá, la frente hundida y labio leporino. Mosturito vive con la Tata desde lo de su mamá. La Tata lo adora, pero empina bien el codo. Mosturito sabe separar olores y le gusta escuchar la música de su patio de luces. Mosturito nunca ha visto el mar. Mosturito se hace amigo de los punkis, odia a los curetas y habla con la virgen, a la que él llama la Chari. Mosturito sobrevive a las cosas chungas con desparpajo y algún fogonazo de valentía. El cuerpo de Mosturito es a veces lastre y otras fuegos artificiales. Mosturito querría que todo en la vida fuese comida rica, ataques de risa, coches de choque. Pero la vida de Mosturito es chunga, a veces oscura como un pozo de brea, una somanta de palos y sustos que lo obliga a espabilar como un foguete. Como los chavales de la peli de Barrio, como Wifly de la canción de SFDK. En su intro 97, Kase O rapeaba que aún no sabía lo que era un litro, ni un porro, ni un facha, ni un chocho. Mosturito tampoco sabe nada del sexo, del amor ni de las agujas. Sí que sabe Mosturito algo de pecas, de penas y de peleas. Pero en este salvaje relato iniciático y absorbente, tan triste como cómico, tan realista que escuece, Mosturito se hará mayor a pasos agigantados y sorteará aventuras cotidianas -algunas sórdidas- a puñados.

Tiene un poco Mosturito ese encanto genial de Manolito Gafotas, la ternura punki de mi adorado Rompepistas, la oralidad en llamas tan bien representada en otras novelas-hechizo como Panza de Burro, la melancolía efervescente y el despertar sexual de Los bloques naranjas, los personajes lóbregos y curtidos de Mario Marín, el costumbrismo lúcido de Aranoa, las canciones grises de Elsso, y todo bien condimentado, con rabiosa conciencia de clase, con humor descacharrante, con amistades luminosas, con ganas de bailar a pesar de todo.

Acabé la novela riéndome, emocionada, enamorada de ese vivaracho Mosturito que puede con todo, que se enfrenta a los bichos de la máquina de arcade y a los monstruos más monstruos de la vida cotidiana, que lo tiene todo para ser un apaleao y le echa morro, cojones y alegría a la vida. Lean a Daniel Ruíz, que la vida es corta y libros como los suyos hay pocos.

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