Tú en tu casa, nosotros en la hoguera | Reseña de Orquesta de Miqui Otero

Orquesta de Miqui Otero

Noites de agosto, a lúa brilla ingrata no ceo.

Noites de agosto, parece que non fósemos tan feos.

Ataque Escampe

Reseña de Orquesta, de Miqui Otero/Alfaguara

En una noche de verbena de verano cabe absolutamente todo -una vida entera con sus tragos amargos, sus infinitas golosinas, su desencanto y su búsqueda y el deseo que escuece y el ritmo en la barriga y los tentáculos invisibles que nos anudan a nuestros vecinos, de infancia, de parcela, de puchero, de taberna o del primer beso con lengua detrás de la iglesia. Pídechas o corpo, neniño-. En una madrugada de final de agosto nos sentimos inmortales y a la vez viejos, como si por un instante contemplásemos el yo de hace veinte, treinta, ochenta años atrás. Sin embargo, también es en esas noches en las que descubrimos el alivio de que la eternidad exista dentro de tu estribillo favorito, en la curiosidad de un niño, en los susurros del monte. Lo sabe mejor que nadie Miqui Otero, que cristalizó en Rayos una de las historias de amistad más bonitas del mundo, y en Simón un retrato generacional, imperecedero y luminoso como pocos. ¿Qué mayor mérito puede haber en esta época espídica, de scrolls amnésicos y vídeos de un minuto, que escribir libros inmortales, de esos que estás segura de que acabarás releyendo?

Miqui no solo escribe que te mueres: lo que me gusta de sus novelas es que me resultan tan realistas como un sueño lúcido, tan familiares que dan miedo, sus personajes están tan vivos que se salen del papel y dejan un poso en tu corazón. Adoro ese licor característico de entusiasmo y morriña que invade cualquiera de sus páginas, la conexión entre el mundo interior de sus seres y el entorno, los objetos con alma que se saben los secretos y los trucos, las historias que escucharon de pequeños y siguen burbujeando dentro, como una Coca-Cola de cereza de esas que ya no se fabrican.

Las suyas son novelas que conocen al dedillo a sus protagonistas -cada uno es como la raíz de un árbol que no podemos ver bajo la tierra-. Desentrañan el espíritu humano y celebran la vida como pocas -y la saben contemplar desde fuera y desde dentro, como la Música-, lamentan el paso del tiempo y lo temen como al lobo feroz -aunque saben de su importancia para que el monte se recupere de las brasas, para que vuelva el verano, para que nazcan bebés nuevos y los amantes se reencuentren-, e invocan todo lo mágico que hay a nuestro alrededor. La Santa Compaña, las mouras, las sirenas, y por qué no, también los guiños cómplices, los rituales de paso, las miradas estremecedoras, las palabras que no tienen que decirse en voz alta. Y claro, las canciones. Las que consiguen que vomitemos traumas, que le hagamos la peineta a los cretinos, que revivamos la adolescencia eléctrica, que los niños se ericen y los viejos se reconcilien. Que las abuelas bailen y los tipos duros se derritan.

Vamos a lo que vamos: Orquesta transcurre durante una sola noche de fiesta en Valdeplata, una aldea gallega inventada -que todo el mundo con aldea identificará con la suya-. En este plano secuencia contado por una magnética narradora, que no es otra que la Música, salen y entran multitud de personajes: desde un divorciado desquiciado y enganchado a las criptomonedas a un conde centenario ligado a una fortuna y a un mundo mágico, un camionero que dejará de esconder la pluma para sacar su vestido de lentejuelas de las campanadas, la abuela tachada de loca y señalada por su romance con un maqui, una política que acaricia la extrema derecha y que fue un icono pop de la movida madrileña, dos señores peleados por los siglos de los siglos por los marcos de las fincas, parejas que vuelven a verse y a encenderse, un feto que nada en la barriga de su madre como un fuego artificial a punto de ser disparado, la muñeca del Valle, niña bonita hoy treintañera, revuelta por sus conflictos internos, o el niño de la Bici Roja, que recogerá las papeletas con los mensajes de todos para una rifa que la orquesta Ardentía leerá cuando la noche se haya quemado y los altavoces dejen de sonar.

Pasará de todo, lo insólito, lo predecible y lo imaginado, lo aterrador, lo sobrecogedor y lo asombroso, porque en una noche de verano cabe una vida entera, todas las anteriores, y todas las que vendrán. Vendettas, llamaradas, peleas, confesiones, apariciones fantásticas, disculpas y huidas, murmullos y epifanías, calentones y arrebatos. Amor, sexo y muerte, los grandes temas de la vida, en una polifonía rural que escapa de la romantización y del pesimismo. Que sabe del poder evocador de la verbena para juntarlos a todos.

Orquesta es un libro redondo. Te hace ser consciente de lo especial de estar vivo. Junto a vivos y muertos, junto a espectros y leyendas. Has nacido en un lugar donde hay música, hay cerveza, hay fuego, hay mariposas y hay charanga, hay redenciones y hay cuentos, hay hechizos y hay sorpresas. La clave, como saben de sobra los niños, está en no perder la vista del misterio.

Imagen de portada | Dani Logar/Flickr

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