Todo nacimiento sale de lo oscuro
María Zambrano
No cabe duda que Sara Mesa inquieta. Reconcome, acongoja, te espabila, se te mete en la barriga y no quiere salir, como la Helicobacter pylori. Sus lecturas vienen acompañadas de un picor, una sombra, una punzada. Un mal presentimiento. Son historias -ese viejo y esa niña, esa chica sola en el pueblo, esos amantes de internet, esa familia tan gris- nos ponen delante del espejo: los raros también somos nosotros, los desencantados, los cómplices, los indolentes, los miserables. Después, ya nunca nos abandonan: su viscosidad permanece, la sensación de sentirte observada, las intuiciones pegajosas, la oscuridad que engorda cuando el día avanza. Con este nuevo regalo (Oposición), editado por Anagrama, la autora se atreve con un tema que conoce de primera mano, y que podría parecer aburrido, intrascendente, con poca enjundia. La burocracia, la administración, el funcionariado. No lo es en absoluto.
La protagonista (y narradora) de esta historia es Sara (‘Sada’) Villalba, una joven que acaba de conseguir un puesto de interina en la enigmática OMPA y sopesa opositar como el siguiente paso lógico en su vida. El gigantesco edificio en el que trabaja -y sus entresijos, sus lugares comunes, sus peculiares miembros- es una colmena que reproduce a pequeña escala el funcionamiento de la sociedad. Y en la que cuesta adaptarse, respirar, averiguar la idiosincrasia de espacios y personas.. Aburrida ante la falta de trabajo y el tedio, Sara vuelca su imaginario en caligramas, poesías y dibujos, observa con curiosidad -y con zozobra- a cada funcionario y es testigo de una realidad cada vez más absurda. Comienza a realizar pequeños actos subversivos, a bucear por las entrañas de su edificio y a demostrar la inutilidad de ciertos mecanismos desde dentro. En medio, hay camadas de gatitos misteriosas, amistades enquistadas como pelos, una terraza que parece un limbo, fantasmas que no vienen a trabajar, risotadas crueles, un ronroneo que no para, como si los humanos se hubiesen convertido allí dentro en máquinas que acatan, impresoras que reimprimen el vacío un día más y otro y otro.
Oposición me parece una obra maestra. Llevo una semana sin parar de pensar en ella. Se parece a un acúfeno que te obliga a redirigir la atención a la sinrazón de nuestro sistema, a lo delirante de la organización social y a la obediencia ciega -Control C, Control V, firme aquí, haga cola, para este impreso hace falta este otro, y para este otro, el anterior, y así toda la puta vida- que impone la burocracia. Pero no solo la burocracia: también hay vendas y hay agujas en las amistades, en las relaciones, en el sexo, en cada paso que promete darte una vida más estable, más feliz, más plena. ¿O casi todo es mentira?
Esta no es una novela de papeleo: es una novela sobre el instinto, sobre la sumisión, sobre la ilusión, sobre ser quienes otros quieren que seas o dejar la propia naturaleza te desborde y salga a la luz en un mundo lleno de ruido, de absurdos. ¿Adaptarse o morir? ¿Rebelarse (o revelarse) y vivir? ¿Aburrirse para reinventarse?
En Oposición, el lenguaje cobra una importancia espectacular -como nos aprisiona, como nos embauca, como nos extorsiona y nos tiende trampas-. En esta historia, el lenguaje -el administrativo, pero también el corporal, también el poético, también los huecos que deja el silencio y las palabras no dichas, los pasillos vacíos, las imágenes repetitivas- es como la realidad: podemos cambiarlo, y en esa alteración, al observarlo con fijación, al romperlo, al desvirtuarlo, al jugar con él, se abre la posibilidad de liberarnos.
A pesar de la desazón, a pesar de la tristeza, a pesar de eso que nos pringa y nos encanta y no nos deja dormir luego, en Oposición también hay un enorme sentido del humor. Una retranca chispeante, un retrato ácido del funcionariado y sus emboscadas. ¿El trabajo dignifica? ¿Quién eres por debajo de la camisa? ¿Crecerá tu espíritu entre archivadores y procedimientos? ¿Nos hará mejores el progreso, sea lo que sea? Vuelva usted mañana, que hoy no hay vez para responderle.
Imagen de portada | Maite Bezunartea/Flickr