Felicidad escurridiza | Reseña de Queremos lo que queremos

Reseña queremos lo que queremos

Más juntas que nunca: una tía no tía y una niña no niña: una tigresa y un hombre gordo, compradoras y espías. Me pongo los auriculares y la tía Ava arranca sin anunciar cuál será el próximo destino.

Simplemente conduce

Queremos lo que queremos

Un casino donde una antigua rabia brilla más que las luces. La autocaravana que aloja a una mujer desdibujada con los años. Un hogar alterado por la incómoda relación amorosa entre un padre y una mejor amiga. Un sótano donde un videojuego parece más seguro que la vida. Uñas brillantes y una mirada balsámica sobre el teclado de un ordenador. Electricidad sexual que sacude las inmediaciones de un tanatorio. Una niña que encuentra una araña sin tórax. Los ambientes y los personajes de Queremos lo que queremos —la ácida, brillante, divertidísima y un poco melancólica colección de relatos de Alix Ohlin, publicada en España por una nueva y prometedora editorial llamada Smol Books— son pequeños diamantes. Amuletos para llevar en el bolso, perlas que querrías encontrar en la orilla de la playa. Dados que arrojan nuevas caras cuando los lanzas de nuevo al aire. Cedés grabados en la adolescencia, contenedores de secretos.

Me ha chiflado este descubrimiento. Ya en el prólogo, María Bastarós nos avisa de que los personajes, sacudidos por la incertidumbre y empapados de fatalidad, buscan la felicidad desesperadamente. Queremos lo que queremos va de eso: del brillo en la basura cotidiana, de los chispazos de encanto en un mundo sórdido y loco, pero también de asomarse al dolor, de bucear en la propia extrañeza, de ir hasta el fondo del pozo, de desembridar las neurosis propias y no cerrar los ojos ante las sorpresas que el cuerpo depara. Aquí hay cuerpos vencidos y que remontan, almas que prefieren los universos virtuales, chicas cínicas, deseos a borbotones que siempre saben cómo llegar a la superficie, un existencialismo agridulce como la salsa de un Big Mac, amistades intermitentes, viejos fuegos, obsesiones que duran toda la vida.

Humor, pena, belleza, ternura, patetismo, dinamita. Unos diálogos con más enjundia que un Kinder sorpresa sin abrir. Intenciones que se asoman como culebras en una noche de verano. Relatos para rumiar durante años. Criaturas mundanas pero inolvidables. Mil giros posibles como en Elige tu propia aventura. Un mensaje, síntoma de los tiempos voraces que corren, parece sobrevolar la cabeza de sus personajes: no pedimos venir pero queremos quedarnos un ratito más. A ver si la felicidad, ese animal mitológico, llama a la puerta de una santa vez.

Imagen de portada | Tim Vrtiska/Flickr

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