El verano en que me hice mayor| Reseña de Cielos de Córdoba de Federico Falco

El verano en que me hice mayor| Reseña de Cielos de Córdoba de Federico Falco

En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina de cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se lo llevaron a las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados. El camino de los ingleses, Antonio Soler.

Cielos de Córdoba de Federico Falco, publicado en España por la editorial Las afueras, es un libro breve pero intenso, envuelto en la bruma confusa que es el primer escalón de la adolescencia pero a la vez empapado en luz y clarividencia. Una obra especial como el avistamiento de un ovni una noche de verano, eléctrica e intuitiva como el cuerpo después del primer orgasmo. Sabiendo y sin saber, conociendo los primeros aguijones de emociones venideras, de un futuro lejos del hogar. Abandonando la infancia como una cáscara vieja o ese jersey que nos quedó pequeño.

Una novela que habla del descubrimiento y de crecer, de las sensaciones primeras -esas a las que siempre queremos volver, cuyos sucedáneos mediocres nos pasamos la vida buscando-, de la enfermedad y lo sobrenatural, de la ausencia y el poso. Cielos de Córdoba huele a sudor limpio, a agosto, a fruta mojada, a casa llena de polvo, a habitación de hospital, al principio de una angustia, al sexo cuando todavía no es sexo, solo algo distinto en los músculos y en la cabeza y en el abdomen, el pálpito de un tesoro bajo la tierra.

El protagonista de esta historia es Tino, un preadolescente esquivo y tímido. Su madre está grave e ingresada en el hospital y su padre regenta un museo dedicado a la ufología. En un enrarecido cosmos gravita Tino ese verano, fluyendo por una rutina solitaria pero salpicada de fuegos, desde su amistad con una paciente ciega amante de la radio al deseo tirante hacia un compañero de escuela.

Una prosa minimalista y preciosa, que conmueve y enrarece y nos devuelve a esos años de deseo primitivo, de dolores puros y sin cortar, de autodescubrimiento a tientas, de muchas preguntas y pocas respuestas en el cielo. Un coming of age tan extraño como la vida, tan frágil como una pompa de jabón en el verano de hacerse mayor.

Imagen de portada | Flickr

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