Los deseos boreales | Reseña de Boulder de Eva Baltasar

Los deseos boreales | Reseña de Boulder de Eva Baltasat

Después de Permafrost, Eva Baltasar nos trajo un nuevo regalo este 2020 con Boulder, publicada por Literatura Random House. Se trata de la segunda parte del tríptico narrativo sobre la vida de tres mujeres distintas que completará con Mamut: la poeta catalana, alejada de redes sociales y también de las grandes urbes, supera la fuerza de su obra anterior con un torbellino de sentimientos encontrados, encrucijadas vitales e instintos que se enjaulan con la llegada de un bebé.

Las de Baltasar son novelas punzantes para ser leídas con los cinco sentidos. Líquidas y sensitivas, con protagonistas difíciles, y esos temas que nunca dejan de ser los más importantes pasen los siglos que pasen: el amor, la soledad, el sexo y la muerte. Si en la anterior Permafrost las ideas suicidas, la depresión y la lujuria como contraposición al tedio eran los hilos que vertebraban la historia, en Boulder, también impregnada de deseo lésbico y contradicciones internas, son la maternidad -y su reverso, la no maternidad, como dos caminos secantes o líneas de tren que se chocan y se separan-, los amarres que nos atan a la vida convencional y el impulso de huida los esqueletos que vertebran las páginas.

Nos encontramos con la cocinera errante de un barco, que pica carne en alta mar, hornea empanadas entre salvajes tormentas y, liberada de toda atadura tiene, como se dice en las canciones y en las cantinas, una mujer en cada puerto. Todo cambia cuando conoce a una islandesa cuyo romance la aparca en tierra firme: su food truck y la taberna se convierten en los únicos espacios propios de libertad cuando cede al deseo de su mujer a que esta conciba un hijo. El bebé no deseado lo transforma todo: el sexo, la noción de movimiento o las perspectivas en torno al futuro. Prioridades se desdibujan, el deseo ardiente vuelve a los márgenes y la vida da un nuevo vuelco. El libro se convierte en un cóctel poético de emociones, una madeja hecha con los nudos marineros de las decisiones y los desencuentros.

Me gustan las protagonistas de Eva precisamente porque no me gustan del todo: no son amables ni luminosas sino ácidas, cínicas, complejas y heridas, incluso malencaradas, egoístas, instintivas. Pelean como perros detrás de sus deseos más recónditos y cierran la mandíbula para no soltarlos. Boulder no es un paseo tranquilo por la orilla, sino un viaje vertiginoso por el mar picado, los cuerpos que se vuelven espuma por la noche, esos segundos que nos sentimos libres e inmortales, sobre la cresta de la ola.

Imagen de portada | Angela Compagnone en Unsplash

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