Vivir es un beat | Reseña de Búnker de Tote King

Reseña de Búnker de Tote King

«Dame 30 segundos y un altavoz,

y te tallo un castillo en un grano de arroz»

Sota, caballo y yo

Cuando tenía 14 años salió Música para enfermos y me lo descargué en el Emule, aquel programa endemoniado y hoy casi paleolítico que te podía inundar el ordenador de virus desconocidos. Mirabas cómo la barrita de colores avanzaba lentamente con el paso de los días como un gusano fosforito hasta que por fin podías hacer clic y abandonarte a los altavoces, a sacarle todo el jugo a cada barra que salía por la minicadena. Aquellas canciones, como todo el rap de entonces, se convirtieron en tesoros y refugios donde pasar las horas, bajo un bombo y una caja. Amor, arte y líricas galácticas.

Escuchaba durante los viajes en coche Tu madre es una foca en mi discman azul, coreando en mi cabeza Dámbala y Bigota de la ponderosa con una sonrisa secreta. La canción de Un año más se me sigue viniendo a la cabeza todas las Navidades como una patada de melancolía en la barriga. Recuerdo ver por primera vez ver el videoclip de Mentiras en Sol Música, una tarde que llovía a mares, y vibrar con aquel amago de telediario. Un tipo cualquiera se convirtió en esa «banda sonora que alegra tus órganos». Y aunque pasaron como rayos los años en los que nuestras mentes fueron «presidentes de mentes dependientes de la risa», y aprendimos a hacernos mayores, qué remedio, Tote siguió siendo el más aventajado de su quinta, el que siempre fue un pasó por delante para reírse de los puristas y soltar sus rimas sobre bases aderezadas con rocanrol, flamenco, electrónica y cualquier cosa sampleable. Mi colega, el homenaje que dedicó a su padre tras morir de cáncer, es una de las mejores canciones que he escuchado jamás.

Búnker de Tote King

Y llegó 2020, y al borde de la inesperada pandemia, Tote sacó libro con Blackie Books. Búnker, con una portada color piel de tiburón blanco que pide a gritos ser manoseada como unas queridas bambas viejas. Una suerte de textos que funcionan como pequeños relatos vitales, pensamientos agudos y anécdotas que huelen y saben a bares sevillanos, a canchas de baloncesto, a pupitres garabateados y cintas ruladas por decenas de manos. A jaulas en el mar y a novelas que salvan la vida, a úlceras y a amor de hermanos, a gotero y a resaca. A familia, a fracaso y a ropa gigante, a éxitos, litronas y zapatillas de basket en la Sevilla de los 2000. A vivir sin más jefes que el próximo beat. A dominar las obsesiones y a sacar más punta a la noche que a los días.

Viajar a tus recuerdos es buscar pelea, advierte la contraportada. Y quién avisa no es traidor: esto no es una autobiografía autocomplaciente, ni un glosario de méritos, ni mucho menos va solamente de rap, aunque la música haya llegado a ser «parte de él igual que el páncreas o el estomago» . Búnker habla más de complejos que de ego, más de vacíos y huecos que de euforia y billetes, más de amigos, películas y cómplices que de sexo, drogas y groupies. Más de ausencias y desafíos que de trofeos y elogios. Más de perder a un padre que era un mejor amigo con el que comentarlo todo que de poner a miles de personas a botar.

Búnker me parece un regalo, y no uno solamente para aquellos que crecimos en nuestra habitación moviendo la cabeza al ritmo de CPV, la Mala y Doble V, sino para cualquier buen lector que busque un chute de honestidad sin adulterar en las venas, un puñado de fotogramas atravesados por la fama, el talento, la inseguridad, el perfeccionismo o la absoluta permanencia de la música, pegada a la piel como los recuerdos del cole, un tatuaje improvisado en una aventura latinoamericana o las charlas paternas viendo baloncesto y comiendo aceitunas.

Tote King desentierra en estos capítulos lo verdaderamente importante: todo aquello que lo hizo crecer o encogerse, aprender y ser libre por fin en el micro. Desde un verano maldito en Chicago a sacudirse la infancia de golpe viendo Robocop, o cómo los años han cambiado la transitada plaza del Pelícano. Hasta el divertido golpe de suerte que el destino le tenía preparado para conseguir el soñado email de Enrique Vila-Matas, su escritor preferido y mentor del libro. En lo pequeño, en la anécdota, ahí es dónde lo bueno y lo malo se quedan grabados, metidos para siempre dentro del búnker.

Porque la vida de cada uno, al final, siempre se puede resumir en una foto: la chispa fugaz del borracho valiente que se atrevió a abrazar a una ballena que dormía la siesta.

Imagen de portada | Ángela Galicano Lorenzo/Flickr

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