Los años eléctricos | Reseña de Electrónica de Enzo Maqueira

Reseña de Electrónica de Enzo Maqueira

La vida en el trapecio está en mi rostro,

la mercancía que tenía te subía hasta besar los astros. Elsso Rodríguez

Electrónica, la novela corta de Enzo Maqueira publicada por la editorial argentina Interzona, es un diamante en bruto por descubrir, y una rara avis que merece la pena devorar con los ojos muy abiertos, la sangre caliente y la piel erizada. Su protagonista es una profesora de universidad en plena crisis existencial, que vive un idilio amoroso con un joven alumno de apenas 18 años y cuya vida conyugal, familiar y nocturna se tambalea, haciéndose añicos y obligándola a revisionar su pasado.

En en sus menos de 120 páginas Enzo Maqueira logra capturar el desencanto de toda una generación, el hueco existencial de los treintañeros que vivieron la época de las drogas y el esplendor universitario y la búsqueda de la identidad en un mundo esquivo y resbaladizo, demasiado veloz y cambiante, donde la tecnología se ha comido el espacio que antes usurpaba la carne y la identidad es líquida, como esas canciones que solíamos escuchar con el alma en el techo, cerca de los neones, pinchadas por dj´s que en el fondo no son más que curas o chamanes contemporáneos convocando una catarsis colectiva.

La voz narrativa de esta novela es, sencillamente, una obra maestra que merece la pena ser saboreada. Entre sus páginas hallamos las dudas de una mujer que pasados los treinta, camina como una funambulista por la cuerda, con la amenaza perpetua del vacío, una pareja formal que le produce desidia, un padre enfermo y una madre a la que no conoce tan bien como le gustaría, su mejor amigo el ninja, compañero de pastillas y cristales, su empleo en la universidad y su ausente amante de juventud escandalosa. En medio: mucho dolor y bastante placer, la anestesia y la liberación de las drogas, las falsas promesas de los noventa disueltas como aspirinas, los lugares comunes, las canciones generacionales que ya han pasado de moda, la juventud como un puñado de fuegos artificiales a punto de acabar su fiesta. La identificación es inmediata: todos somos un poco la profesora. Nuestra generación nunca ha sido dueña del mundo.

Electrónica es sensorial, a veces casi pura sinestesia. Y también aguda, dolorosa como una angina de pecho y terriblemente mundana, como nosotros. Los que creemos que seremos siempre jóvenes pero sabemos que no es cierto, los que buscamos olvidarnos de nuestro cuerpo y volar hacia los neones un sábado noche cualquiera, los que perpetuamos viejos estigmas y a la vez nos quedamos mirando la voracidad del mundo moderno con la boca abierta de vértigo y las manos en los bolsillos. Los que nos curamos la rabia con el sexo y viceversa, los que llenamos nuestra oscuridad de música hipnótica para que retumbe dentro de los órganos, los que nos salvamos una vez y otra con esos códigos secretos entre amigos, con el espasmo de un orgasmo, con la serotonina obligada por la química. Los que veremos envejecer a nuestros padres, extrañaremos a aquellos que se han ido, nos encomendaremos a los altares tristes y magnéticos de los bares y las discotecas y mudaremos de piel para sobrevivir y seguir respirando. Una y otra vez.

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