Escombros, un poema de Ernesto Pérez Vallejo | Poetizando

Ernesto Pérez Vallejo Poetizando

Ernesto Pérez Vallejo es poesía sin paliativos, sin anestesia ni compasión. Prosaicos, salvajes y deslenguados, sus versos libres campan en la red y en sus dos poemarios como postales salpicadas de memoria. De Laura, de los recuerdos que se llevan los años o la cisterna, de los orgasmos que todavía recuerdan las manos y la lengua, del niño que fue, de las calles llenas de borrachos y de insomnes, de las cicatrices que no salen reveladas en las fotos, de los sueños más arriba de los treinta. Ernesto tiene una historia por cada barra de bar, una mujer en cada vómito de tinta, un relámpago en tus órganos cada vez que abres sus libros y te contagias de su hambre, de su infierno y de su desgastado corazón. Disfruta de Escombros -en esta enlace puedes escuchar una versión recitada-, zambúllete en su alma en esta entrevista y nunca dejes de enfermar y resucitar en su maravillosa poesía.

Escombros

Aquello que hay allí son mis escombros,
lo que se llevan aquella banda de ratas en la boca son mi sueños,
por los visto resulta que eran masticables,
igual que los caramelos de anis
que le robaba a mi abuela cuando no tosía.

La bandera de este suburbio es una foto de Laura en bikini,
en esa estaba más guapa que nunca,
lo mejor de Laura es que siempre estaba más guapa que nunca,
no le hacía falta preguntarle a los espejos
allí estaban mis ojos y mi boca.

Justo debajo de veinticinco mariposas suicidas,
se balancea el columpio de mi infancia
en el parque donde los yonkis
se agujereaba los brazos con la muerte
ante la atenta mirada de los niños.

También están los ojos de mis amigos muertos
y la memoria de mi padre vigilante
y aquella noche que quise ser de piedra
mientras tus manos me rompían los botones
de una camisa que nunca más me puse.

Y los besos del colegio jugando al escondite
y la señorita Marga repasando los elementos de la tabla periódica
con las piernas largas y las bragas blancas,
las tetas inoportunas de María,
y aquel aprender a masturbarme con la izquierda
para pensar que mi mano era su mano.

Y Eva con quince años de inocencia comiendo piruletas de colores,
los cigarros que nunca me fumé contigo,
los chupitos de vodka con lima cuando el mar,
no era más que un charco inmenso
y yo el pez más pequeño de toda tu pecera de mentira.

El pasear contigo por la calle
agarrados de la mano de la luna,
la farola fundida de la calle Calatrava,
los versos de tu escote,
el aire frío del norte endureciendo tus pezones,
los helados de nata y nueces de tus cuatro labios,
los libros dormidos de mi pereza
y una gata que me mira desde lejos
que aún me busca por si tengo un lado tierno.

Alli está todo, todo lo que fui, que es todo lo que soy,
solo me queda esta piel de hombre
y cada día sé menos que hacer con ella.

(Un poema de Ernesto Pérez Vallejo)

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