De aquellos polvos, estos lodos | Reseña de Lo que queda de luz de Tessa Hadley

De aquellos polvos, estos lodos | Reseña de Lo que queda de luz de Tessa Hadley

«Nic netrvá věčně» (Nada dura eternamente)

Descubrir a Tessa Hadley me parece como presenciar un milagro, avistar un ovni o hacer un viaje astral para meterme dentro de la cabeza de sus personajes. Un golpe de suerte, una epifanía, una maldita maravilla. De la mano de la editorial Sexto Piso podemos disfrutar de «Lo que queda de luz», la primera obra traducida al castellano de esta tardía pero prolífica autora británica. Cruzo los dedos para que sea la primera de muchas. Durante días me ha tenido pegada a sus líneas, sin querer apagar la luz de la mesita de noche y mascando las miserias, deseos encendidos y conflictos de Alex, Christine, Lydia y Zachary. Alternando presente y pasado, la novela comienza con la muerte súbita y prematura de este último, el pegamento que sostenía al grupo, el repartidor de alegría, el hilo conductor.

Tessa Hadley construye personajes tan vívidos y complejos que podemos tocar su pesadumbre, entender sus contradicciones y sentir su bilis. Su prosa es un regalo no solamente estético, que también, sino sensorial y psicológico. Acariciamos sus defectos, atravesamos su duelo y nos sentamos sobre sus vidas, circulares y llenas de muescas como los anillos de un árbol, plagadas de pasadizos, nudos, escaleras y pozos. Existencias que intentan atrapar lo que queda de luz entre sus dedos.

Tras la desaparición de Zachary, el libro echa la vista treinta años atrás hacia los comienzos de la amistad entre la discreta y creativa Christine y la arrebatada y pasional Lydia. En un internado también hacen migas Alex, intelectual, elocuente y serio y Zachary, vigoroso, afable y divertido. Los cuatro se conocerán y a formar parte de la existencia del resto para siempre. ¿De qué manera encontrarse condicionará sus vidas? ¿Cómo los cambiará el paso de los años? ¿Qué telarañas invisibles se hilan entre sus cuerpos? ¿Podemos retrasar lo inevitable o no somos dueños de nuestro libre albedrío? ¿A qué renunciamos para seguir siendo nosotros mismos? ¿Qué esencia queda al final, después de todo?

Cuando la cuadratura del círculo deja de ser perfecta y pasan a ser un triángulo, el equilibrio que imperaba hasta el momento se resquebrajará como un glaciar. La voz de Tessa Hadley nos cuenta qué poso dejan las pérdidas, cómo el tiempo a veces no cicatriza, otras resucita y desde luego, no pasa en balde. Sus personajes puestos frente al espejo de sus actos, la ceniza de sus agravios, la estela de sus sacrificios, los incendios del azar o la polvareda de sus deseos que se queda flotando en al aire, y que nunca se marcha por mucho que soples.

Imagen de portada | Imagen de William Santos en Unsplash

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