Todo está en los libros | Reseña de Simón de Miqui Otero

Todo está en los libros | Reseña de Simón de Miqui Otero

«Había nacido con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era su único patrimonio».

Las letras de neón que anuncian «la novela del año» siempre me han parecido cutres, con fecha de caducidad y eslogan con tufo a McDonald´s. Además, a Simón de Miqui Otero el reclamo se le queda corto y pequeño: la suya es una novela a la que volver mil veces, para viajar mil veces a un mundo que se cae a trozos, con la ternura por bandera y el convencimiento de que todo está en los libros y la vida se parece a una partida de billar. «El azar desordena la vida pero ordena la ficción», nos cuenta.

Simón es genialidad, arraigo, morriña y reencuentro. No es (solo) el gran regalo, un puñado de confeti literario en medio de un terrorífico 2020, sino una llama que guardar con celo en la estantería, un tesoro que sondea la historia de una generación, la de los niños criados bajo el sueño olímpico y la fantasía neoliberal del ladrillo que se despertaron en un mundo caótico donde sobrevivir es repartir sushi en una bici de Glovo por una miseria y la gentrificación amenaza con arrebatar lo que más quieres: esos lugares donde fuimos felices. Las librerías de barrio, los bares de abajo, los garitos con historia. Simón es infancia efervescente, juventud eléctrica, un futuro líquido con un par de chispas brillantes en medio de tanta oscuridad. Hila acontecimientos del último cuarto de siglo con espasmosa habilidad y mientras su protagonista crece, también cambia su Barcelona dorada, el país entero, la economía mundial surcada de grietas.

Simón de Miqui Otero
Simón, de Miqui Otero

En realidad, Simón funciona como un caleidoscopio con huellas de todas las muescas que configuran la identidad de su protagonista: la desaparición de su primo Rico, el bar familiar, su amiga Estela, un paraíso de yates y manjares, el aprendizaje culinario, los amores; pistas que seguir y personas como cabos para volver a la orilla. Un libro con miles de libros dentro, los de la vida de Simón y los que Simón lee para vivir más vidas que la que tiene. O puede que sus páginas se combinen para crear una receta de cocina moderna, con ingredientes de siempre y otros exóticos, que dulcifican y escuecen, que pican y amargan, que sorprenden y explotan en la boca como fuegos artificiales. Simón nos pone primero ojos de niño, luego de adolescente y más tarde de adulto para comprender, para transitar de la inocencia al desengaño, de la extrañeza al conocimiento. Pone una venda en nuestros ojos, y luego la quita, porque también con él nos hacemos mayores y se apagan las luces, intuimos en nuestro pecho la conciencia de clase, y habitamos la camiseta de esa generación perdida, líquida y desafiante como la salsa brava. Que peina las canas de la treintena en ciudades asfixiantes, esquivando las incertezas como balas en un videojuego. Que se refugia en viejos trucos para descubrir qué somos por debajo de la piel y así, como las frases subrayadas y las páginas dobladas que Rico deja a Simón, esta novela también pasa el testigo y se convierte en nuestro salvoconducto al que regresar.

Simón es, además de un espléndido sucesor para ese nostálgico canto a la amistad que fue Rayos, lo más increíble que Blackie Books haya publicado hasta la fecha en su tan personal catálogo, portada molona incluida, que los sinestésicos asociarán con el aura de Simón y su curiosidad eterna, su torpeza adorable, sus espejos en los que mirarse, su fé en la magia de los libros. Su heroísmo absurdo, sus meteduras de pata, su hambre por una vida de novela, al calor de los fogones. Simón es un viaje circular que como en Martín Hache, nos recuerda que la patria son los amigos y que vivir vale la pena aunque crecer sea una mierda y el mundo un lugar inhóspito gobernado por caciques, tecnócratas y magnates inmobiliarios. Como los mejores libros, Simón da unas ganas de escribir inmensas, de leer más y más. Y qué asquerosamente bien escribe Miqui Otero: su prosa es un ejercicio de imaginación desbordante.

Hace mil años subrayé una frase de Héroes de Ray Loriga que decía «dejar de sentirse maravilloso para sentirse normal». Simón es todo lo contrario, me recuerda lo maravillosos que somos cada vez que abrimos un libro, que descubrimos una moneda secreta y pensamos qué hacer con ella, que empolvamos el taco de tiza azulada y una carambola del azar nos lleva volando a un bar, a una aventura disparatada, a un beso a escondidas, un perdón a destiempo, una cerveza por abrir. Simón es casa, no hay piropo mejor para un libro.

Cuando todo esto acabe vas a llorar, pero ahora cuenta hasta tres y abre los ojos.

*PD: Apoya a las librerías de barrio y compra Simón en tu favorita, algo fundamental en estos tiempos difíciles. O acude a la web de Blackie, donde con Simón viene un pin de regalo para llevarte su luz a cualquier parte.

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