Vírgenes, bichos y dobles | Reseña de Transirak de Mr.Perfumme

Vírgenes, bichos y dobles | Reseña de Transirak de Mr.Perfumme

Solamente Mr. Perfumme puede revelarnos que el auténtico Sadam Huseín murió de sida a finales de los noventa, que la Virgen del Casquete trajo de su lejano planeta superpoderes para curar el cáncer o que en las afueras de Bagdad se puede estar cociendo el comienzo del fin del mundo. La editorial niños gratis* publicaba justo antes de cerrar la década Transirak, la nueva novela poliédrica y ácida del autor de otras delicias anteriormente reseñadas como Saber matar.

Transirak es un libro diminuto que te cabe en el bolsillo de la camisa, como un catecismo conspiranoico o las instrucciones para pulsar el botón de emergencia ante el tedio cotidiano. Mr. Perfumme vuelve a hacer algo genial: cuestionar la realidad y sus dobleces con un cóctel de paranoia, apariciones místicas siderales, infecciones inyectadas por gobiernos y planes para destruir el mundo.

Transirak
Transirak, la nueva novela de Mr. Perfumme

Transirak es un nuevo artefacto explosivo, de originalidad fosforita, cargado de dudas y de secretos y pintado a brochazos con humor sanguinolento. Un juego de rompecabezas para viajar al lado oscuro de la Luna de la historia geopolítica reciente, las tripas del juego sucio entre naciones y también una historia de cuerpos disidentes, monstruos-máquina que tal vez no querían venir a este mundo, parejas separadas y loosers en permanente lucha contra la enfermedad y los bichos, la violencia del sistema, la irrelevancia y el destino. Como es marca de la casa, la mezcolanza de géneros literarios y formatos se hace hueco en Transirak con ingenio y desparpajo: desde un consultorio sentimental a escenas cinematográficas eliminadas, monólogos interiores, sueños, chistes y cartas componen una divertida espiral hacia nuevas dimensiones.

Suena a tópico, pero hay que leerlo. Masticarlo, olerlo, llevarlo en el metro o sacarlo a tomar un vino. Por reírse a carcajadas, sangrar a borbotones y sorprenderse ante el delirio. Llenarse de bichos y meter los pies en el barro de una realidad más radiactiva, trepidante, anómala. Visceral y absurda, como la vida misma.

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