Hit the road, Richie | Reseña de La canción de los vivos y los muertos

Hit the road, Richie | Reseña de La canción de los vivos y los muertos

«El cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible. Todo nacimiento es una aparición.»  Amado Nervo

Campos de algodón donde el único reloj que gobierna es la voz del amo y la caída del astro rey. Ketamina y otros polvos mágicos para anestesiar dolores cuando cierra la persiana del bar. Hierbas ancestrales con la fórmula de los sueños o del descanso. Rituales para olvidar, para recordar, para retornar al murmullo invisible del que todos venimos, el poder sanador de contar historias, el trago compartido, las distancias insalvables entre los cuerpos, las conexiones inmortales que nos atan a la tierra, a la familia, a la piel. Hermanos muertos en la esquina de la habitación. Una carretera muy larga para la vuelta a casa, el sol de Mississippi, los viejos errores como parte de un eterno retorno cíclico, la mano de un niño como una raíz protegiendo el cuerpo de su hermana, el temblor de un abuelo ante las heridas de la memoria. Una madre con el desencanto y la fiereza de quién ha luchado y sufrido la mirada de la desaprobación ajena, de la mirada esquiva.

La canción de los vivos y los muertos, novela de Jesmyn Ward, autora que por primera vez en la historia recibió dos veces el prestigioso National Book Award en Estados Unidos, se ha convertido en una de las joyas más queridas del catálogo de la editorial Sexto Piso. Sumergirse entre sus páginas da pistas del porqué desde el principio. No es solamente una novela de carretera ni tampoco únicamente un drama familiar con el dedo metido en la llaga no cicatrizada de la esclavitud pasada y los coletazos del racismo. En ella cabe el dolor profundo y la epopeya, el aprendizaje y la reparación, la búsqueda del sentido de la vida y su reflejo en los retazos cotidianos, la visión profunda de lo invisible tras lo material, la conexión con la naturaleza, la importancia de pescar en el olvido las semillas de lo que un día fuimos.

Narrada de forma coral, La canción de los vivos y los muertos nos presenta a Jojo, un chaval de trece años y su pequeña hermana Kayla, que residen con sus abuelos negros en una granja en la costa del Golfo de Misisipi, con la compañía intermitente de su madre, una mujer atormentada y de vida poco ordenada a la que se le aparece con frecuencia Given, su hermano asesinado en la adolescencia. La vida tal y como la conocen da un vuelco cuando el padre de los niños acaba condena en prisión -la misma en la que su abuelo fue injustamente encarcelado durante su juventud-  y con la compañía de una amiga de Leonie, suben al coche para ir a recogerlo.

El viaje que todos afrontan será físico pero también espiritual, de iniciación y búsqueda, de reconciliación y desencuentro. La maternidad esquiva, la curiosidad por el pasado y la herida, el yugo opresivo que todavía pesa sobre las personas racializadas, la nostalgia, el duelo, la despedida o la unión con los ancestros, inevitable como el salitre en el mar, aparecen y flotan, ingrávidos, para sostener el esqueleto de una novela increíble que desde una historia pequeñita y familiar, como pueden ser millones, se mete en el corazón enfermo de unos Estados Unidos donde la memoria todavía pica, donde los hombres aún no lloran, donde la droga aniquila la tristeza y donde los muertos todavía hablan, sobre todo si sabes callarte y escuchar su canción, esa melodía bajita como una bandada de estorninos o un susurro por las entrañas de la tierra que puede mecernos como una nana, devolvernos al estado salvaje del que venimos y contarnos que en realidad, todas las cosas y seres están sucediendo a la vez.

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