Misantropía bajo la parra | Reseña de Los asquerosos de Santiago Lorenzo

Los asquerosos

A estas alturas del cuento a nadie se le escapa ya que Los asquerosos, novela firmada por Santiago Lorenzo y publicada por la editorial catalana Blackie Books, siempre acostumbrándonos a diseños para coleccionistas y adictivas portadas, ha sido el fenómeno editorial español más relevante de los últimos meses. No es moco de pavo que en tan solo unos meses ya vaya por la octava edición y sume más de 30.000 ejemplares vendidos, convirtiéndose en la siguiente «estrella del rock» del catálogo de la independiente tras Instrumental, de James Rhodes.

Sorprendente o comprensible un chute de misantropía, hedonismo, espartana austeridad y tiempo dictado por la salida y puesta del sol en tiempos, los que vivimos, cada vez más insoportables y faltos de sentido. Materialistas y aborregados, marikondianos y neoliberales, cansinos, emponzoñados de mierda, de espiritualidad dictada por El Corte Inglés y desprecio por la autenticidad, desconexión con el tic tac de la tierra y sueños que se miden en pulgadas, caballos o revoluciones. El a ver quién la tiene más grande de la tecnología. La era de la soberbia y la gilipollez humana que hallamos perfectamente descrita en lo que Lorenzo bautiza como La Mochufa.

Manuel es el protagonista de esta historia, narrada en un lenguaje que haría sonreír a Cervantes si levantase cabeza, tan sencilla como profunda, casi descaradamente punki en su planteamiento robinsoniano, sus descripciones meticulosas, su juguetona crítica al sistema económico, su rescate del olvido de los placeres perdidos en cualquier lugar de esa España vaciada, en lugar de vacía, que diría María Mercromina. Manuel, un tanto anodino en su trayectoria vital, apuñala con su destornillador a un antidisturbios que lo agrede en su portal durante una ajetreada manifestación madrileña y sin pensárselo dos veces, huye a ese pueblo fantasma llamado Zarzahuriel para iniciar su Odisea particular, un viaje a lo recóndito de si mismo y al frugalismo de una vida rural donde se alimentará a base de una exigua compra del Lidl enviada por su tío, devorará libros Austral que serán luego pasto de cenizas para la lumbre y vivirá con lo mínimo, luchando para que nadie descubra su paradero y desconectándose paulatinamente de la dictadura del modo de vida occidental y de las prisas de un trabajo que robotiza, la dependencia de una cuenta bancaria como una suerte de Síndrome de Estocolmo y de unos aparatos como nuevos órganos del cuerpo sin los cuáles somos blandos e inútiles, de todo menos Homo Sapiens funcionales y espabilados.

Los asquerosos sabe a tierra y a escarcha, a lentejas y a ajo, a olivos y a tiempo, tiempo a montones en la era de la prisa. Hace reír y pensar, rezuma mala baba y esperanza dentro de su desesperanza ácida. Quién se queje de que no sucede demasiado es que no ha entendido nada. Dijo Mateo Alemán parafraseando a Aristóteles que «suelen decir que el hombre que apetece soledad tiene mucho de dios o de bestia». Tal vez haya llegado la hora de ser más asquerosos, entre animales y divinos.

Imagen | José Luis Canales

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