Atlas de geografía mundana | Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo

Atlas de geografía mundana | Reseña de Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo

Abrir Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo, la recopilación de sesenta relatos de Jorge de Cascante recogida en otra preciosa edición de Blackie Books se parece al ritual de la infancia de abrir un Surtido Cuétara para paladear despacio el sabor y la textura de cada galleta, totalmente diferentes unos de otros. Como los protagonistas de esta novela, actores poco memorables que diría cantando Nacho Vegas.

Algunos de estos relatos ocupan tan solo un párrafo, otros se prolongan varias cuartillas y la gran mayoría nos ofrece un tesoro en apenas dos o tres páginas. El hilo que los une a todos, como prendas todavía húmedas y sostenidas del tendal en el patio de luces de una corrala es la esencia humana, herida, salvaje y extrañada ante la época que vivimos, tanto o más rara y vertiginosa que las anteriores. La identidad en el siglo XXI es líquida como una sopa siempre a punto de caducar, y cada uno se aferra a la suya como buenamente puede.

Cascante atrapa con un lenguaje único, como una lupa ante el hormiguero de personas contemporáneas que desfilan por Madrid y otras tantas ciudades, buscándose, perdiéndose y encontrándose. Así, cada historia es una joya microscópica repleta de capas cuan cebolla de bolsillo, un foco de linterna desenterrando lo genuino de un buen puñado de individuos mezquinos, eufóricos, tristones, orgullosos, arrepentidos, nostálgicos. Dueños de sus recuerdos y esclavos de sus instintos o de sus ideas. Almas que miran el mundo desde la mesa de un VIPs oliendo a ketchup o que descubren otra óptica desde sus gafas nuevas. Adultos torpes, niñas fantasiosas, viudas y cuñados, alimañas con algo de corazón y animales erráticos vagando por cualquier barrio. Al final, lo importante siempre reside en lo mundano, en el polvo y en esas luces que se quedan encendidas, en los secretos que guarda la señora en chándal que hace cola en la charcutería o el niño que aterroriza a sus padres con una despiadada lista de regalos de Navidad. Los mejores autores de relatos, como Lucía Berlín, nos enseñaron que en el detalle, en una lavandería, en las vivencias que uno vive u observa de cerca, se hallan las historias más poderosas.

Yo me quedo rendida y con ganas no de sesenta, sino de seiscientos relatos más de Jorge de Cascante como los que he devorado en Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo. Un título, que por otra parte, no podría ser mejor para esta obra tan especial, evidenciando esa pizca de desazón, el vaivén, la brújula rota y la ternura que envuelve a los personajes de su libro. Bastante es estar vivos en el siglo del cambio climático y el capitalismo voraz, las incertezas y las redes, la barra libre de sexo y la incomprensión intergeneracional, un arsenal tecnología propia de una peli de ciencia ficción y pese a ella -o tal vez a causa de la misma- una soledad más gorda que la capa de contaminación que tiñe de colores los atardeceres madrileños.

Imagen de portada | Ana Martínez de Arellano/Flickr

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *