La insoportable levedad de los treinta | Reseña de La edad del desconsuelo

La insoportable levedad de los días | Reseña de La edad del desconsuelo

“Hay una ley de vida, cruel y exacta, que afirma que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo.” Norman Mailer

No tiene fecha de caducidad como los yogures de antes, pero el amor también puede agri(et)arse. La felicidad conyugal, o el equilibrio que rodea, a modo de membrana, la rutina plácida de las familias es frágil como una pompa, territorio minado, un lugar que puede volverse inhóspito o escarpado a la primera de cambio, especialmente al llegar la edad del desconsuelo. Esa frontera desdibujada que separa la juventud de la punzada de melancolía que nunca se marchará de los huesos, los años luminosos y trepidantes de las primeras pinceladas de óxido. Las carcajadas con tus hijas y el relámpago que te une al cuerpo amado bajo las sábanas de repente ensombrecidos por una duda, un ceño fruncido, una noche en vela.

La editorial Sexto Piso rescata esta maravillosa novela corta de la californiana Jane Smiley, una joya divertida y cargada de reflexiones mundanas para leer sin duda del tirón. Su protagonista, padre de tres hijas y dentista casado con el amor de su vida, también odontóloga, comienza a sospechar que su mujer tiene un amante o que está enamorada de otra persona. A modo de monólogo interior salpicado de recuerdos de la primera juventud universitaria, bicicletas calle abajo, herencias emocionales familiares y pasos a trompicones hacia la madurez, esta obra rescata el poso del desencanto, el tedio que se instala en las entrañas para dar paso a una nueva era dentro de cada cual, la edad del desconsuelo.

No parafrasearemos a Anna Karenina, porque ninguna familia es feliz del todo si se mira desde dentro. Tampoco durante las crisis o momentos catastróficos sobra la risa, la absurdidad o la complicidad entre sus miembros. Y mientras, el espacio entre el rencor, el perdón o el reinicio puede ser más diminuto que una hormiga. Esta historia, escrita desde la pequeñez de lo cotidiano y narrada con tanta delicadeza y humor, invita a meditar acerca de quién somos realmente, en qué grado conocemos a los demás y cómo un día cualquiera, con el café y el periódico, la primera grieta puede inaugurar en el alma la edad del desconsuelo. Nunca es lo mismo vivirlo que contarlo.

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