Memoria en las yemas | Reseña de Por qué lloran las ciudades de Elisa Levi

Memoria en las yemas | Reseña de Por qué lloran las ciudades de Elisa Levi

“Cuando uno está en Tokio, Tokio está por todas partes”

[Tokio ya no nos quiere, Ray Loriga]

Todo libro es una búsqueda y un viaje, al igual que toda creación es un montón de partículas que salen despedidas de la mente del autor al papel, quién sabe si desde los rincones sucios del subconsciente, las experiencias imaginadas o las memorias propias y distorsionadas que sudan, todavía, felicidad, dolor o rabia sobre la tinta fresca. “Tú no eres tus personajes, pero todos tus personajes son tú”, que dijo Raymond Carver con acierto. Al surcar las páginas de esta novela, todas podemos sentirnos Ada, rezar por tener un tranquilizante bajo la lengua, rezar porque un polvo nos saque del tedio vital.

Por qué lloran las ciudades, primera novela de la también poeta Elisa Levi, dibuja una historia sencilla pero incisiva, áspera y desgarrada, que levanta la piel del desencanto con un escalpelo y la deja al aire durante todo su transcurso, dejando que pocas respuestas y muchas preguntas sobre la amistad, la muerte, el duelo y la sanación del cuerpo a través del sexo, la caricia, las canciones o el llanto nos sacudan. Después del viaje, después de cada muerte, nunca volvemos a ser los mismos.

Ada debe viajar al azulado Tokio, donde las personas no se tocan y las noches están llenas de luces, donde no se llora en los funerales ni los besos suelen tomar las calles, para dar entierro a su mejor amigo después de enterarse de su suicidio. Él se lo ha pedido, y ella decide acatar sus últimas voluntades. Conmocionada, surca el cielo hacia la urbe nipona, en la que la esperan la sensación amarga del desarraigo, muchos cedés llenos de música compartida como un lugar al que volver, el cuerpo frío de su amigo, su adorable lunar en la cara, la distancia cada vez más larga con su familia desde Madrid, un compañero de piso en shock y la certeza de la muerte en el aire. Una realidad brusca e inaceptable que nos hace reflexionar sobre el sentido de la existencia y su búsqueda infinita, algo que la protagonista prueba a tumbos, como todos, entre lexatines, orgasmos, canciones pop y versos garabateados en libretas como impulsos eléctricos de escritura automática.

Por qué lloran las ciudades se convierte, desde las gigantescas calles de Tokio, o desde una pequeña habitación escuchando a Radio Futura y pensando en los antiguos veranos, en un poderoso grito generacional en torno a temas silenciados, la sordera que fingimos ante la tristeza ajena, las decisiones incómodas, la herida supurando, la enfermedad mental de la que nadie quiere escuchar hablar. Un alarido de desencanto y rabia, las yemas de los dedos de una mano pasando por encima el dolor, la depresión y el hastío de vivir de la única persona en el mundo que nos comprendía de verdad sin soltar con la otra el calor de los recuerdos, la adolescencia ácida, el cuerpo como última trinchera. Aunque Tokio o Copenhague ya no nos quieran, al menos todavía tenemos un corazón que late sangre a borbotones entre las costillas.

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