Furbies con alma y voyeurs inalámbricos | Reseña de Kentukis, de Samanta Schweblin

Reseña de Kentukis, de Samanta Schweblin

Los androides también se sienten solos

Philip K. Dick

Chats anónimos donde tu webcam se conecta con otras miles del mundo, pastillas para anestesiar la soledad como problema global, niños japoneses confinados a la luz azul de sus pantallas, hogares tardocapitalistas del tamaño de cápsulas para jóvenes sin futuro, como prefacio de sus propios ataúdes, algoritmos que persiguen tus huellas por la red para vender vender vender vender, hashtags como tatuajes efímeros, identidades líquidas, porno virtual a la carta, drones que apagan incendios, pulseras inteligentes que salvan el paseo de señoras con Alzheimer, bebés manejando con destreza Youtube, Zuckerberg mirándote por una rendija, drogas y snuff en la Deep Web, videollamadas a la otra punta del globo, robots operando entrañas con mejor pulso que tu cirujano. Podría parecer ciencia ficción o el sueño húmedo de Julio Verne, pero se trata de la realidad actual, un juego eterno de escopofilia y voyeurismo, de smartphones convertidos en miembros fantasma cuando se quedan sin batería y chutes de endorfina vía likes. La sociedad de la hiperrealidad vive en streaming, pero puede que en plena crisis global, el individuo se sienta más solo que nunca.

Nuestra relación con la tecnología es tan compleja, íntima y agridulce que nadie puede abordarla con palabras mejor que Samanta Schweblin, la pluma detrás de Kentukis, una novela publicada por Penguin Random House que escarba en el lado más oscuro, morboso y dependiente que establecemos con los gadgets, explorando la posibilidad de mirar y ser mirado, pasearse por la vida de otros o que se paseen por la tuya, gracias a unos juguetes exclusivos en forma de tiernos animales con cámaras en los ojos y ligados a una persona anónima de cualquier punto del planeta. Son los kentukis, y como toda tecnología abren una nueva Caja de Pandora y desentierran los problemas de siempre: la identidad, los instintos más depravados, la angustia existencial, la conexión con los demás, la rebeldía contra un sistema que exprime y agota a los cuerpos y a las almas hasta hacerlos papilla, las posibilidades del arte, la evasión a través del viaje, el miedo a lo desconocido, la catarsis de la violencia.

Como los humanos, los kentukis no pueden volver a la vida una vez se hayan quedado sin batería. Aquellas personas que se hacen con uno invitan a un nuevo inquilino a colarse en su casa desde su dispositivo, iniciando una compleja interacción sobre la que la autora porteña se posa con mirada viva y cercana, sin juzgar, mostrando un abanico de historias cuyo regusto no es ya futurista, sino rabiosamente actual. Detrás de uno de esos bichos electrónicos con autonomía propia puede estarte mirando un jubilado aburrido, un pedófilo, una adolescente antisistema, alguien que conoces, un sicario, una antigua compañera de universidad. Tu kentukis podría salvarte de un infarto, follarte con un arnés, escuchar tus últimas palabras, hacerte compañía mientras cocinas, lloras o te masturbas, conocer tus infidelidades y tus miserias, tus secretos de alcoba y tus miedos recónditos. Ignorarte o perseguirte a todos lados. ¿Quién de los dos tiene libre albedrío?

Prefieras ser o estar, hayas nacido para ser mirado o para colarte en las vidas ajenas como forma de vivir otras vidas distintas, Kentukis te encantará. Cruda como la misma realidad, afilada como una navaja, picante como el wasabi y repleta de incógnitas sobre el tecnologizado presente que se ciñe sobre nosotros como una colección de sogas o un universo de posibilidades, se trata de una novela sin precedentes. Un relato coral del vínculo -desde emocional y simbólico a fetichista y y compulsivo- que establecemos con las máquinas, capaces de sacar afuera nuestro patetismo e irrelevancia pero también nuestras ansias de libertad, nuestro interés por el resto o la conexión con lo que verdaderamente nos importa.

A ti te tocó el furby, el smartphone o el cinexin pero puedo haberte tocado vivir con un kentuki. Y la pregunta sigue siendo: ¿qué hacemos ahora?

Imagen de portada | Dan Brikcley

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