Papi, un poema de Sylvia Plath | Poetizando

Un poema de Sylvia Plath Poetizando

Cuando su madre le comunica a Sylvia Plath (1932-1963) que su padre ha muerto y esta es todavía una niña, su respuesta es tajante: Nunca volveré a hablar con Dios. Esta escritora estadounidense ha destacado por su brillante producción poética, aunque también fue autora de obras en prosa como su novela semiautobiográfica denominada La campana de cristal -escrita bajo el seudónimo de Victoria Lucas, relatos y ensayos. Junto a Anne Sextom Sylvia Plath es una de las principales propulsoras del género de la poesía confesional, anteriormente iniciado por por autores como Robert Lowell y W. D. Snodgrass. Esta vertiente surgida en las décadas de los 50 y de los 60 también se conoció con el nombre de poesía sucia.

Sylvia Plath esgrime una poesía muy personal o del yo, cuyo contenido es eminentemente autobiográfico y que además, se encuentra profundamente determinado por introducir una serie de cuestiones controvertidas que eran consideradas tabú en su época, como las enfermedades mentales -posteriormente se descubrió que Sylvia padecía trastorno bipolar-, la sexualidad o el suicidio. Esta polémica autora contribuyó a una importante innovación temática en la poesía del momento. La vertiente psicológica de su corriente se acentúa en autores como Anne Sexton, que comenzó a escribir poesía tras la propuesta de su terapeuta.

De vida difícil y atormentada, marcada por la muerte de su padre cuando ésta solo tenía nueve años, y cuyo fin fue su suicidio, Sylvia fue definida por coetáneos como Robert Lowell diciendo que su poesía es una autobiografía de la fiebre que emerge de una controlada alucinación. El autor apuntó a que la inmortalidad de su arte tuvo como precio la desintegración de la vida. Sus versos son rabiosos, perfeccionistas, cáusticos y sobre todo, profundamente personales. Os dejamos con Papi, un poema de Sylvia Plath.

 

PAPI

Tú ya no, tú ya no
Me sirves, zapato negro
En el que viví treinta años
Como un pie, mísera y blancuzca,
Casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar.

Papi, tenía que matarte pero
Moriste antes de que me diera tiempo.
Saco lleno de Dios, pesado como el mármol,
Estatua siniestra, espectral, con un dedo del pie gris,
Tan grande como una foca de Frisco,

Y una cabeza en el insólito Atlántico
Donde el verde vaina se derrama sobre el azul,
En medio de las aguas de la hermosa Nauset.
Yo solía rezar para recuperarte.
Ach, du.

En tu lengua alemana, en tu ciudad polaca
Aplastada por el rodillo
De guerras y más guerras.
Aunque el nombre de esa ciudad es de lo más corriente.
Un amigo mío, polaco,

Afirma que hay una o dos docenas.
Por eso yo jamás podía decir dónde habías
Plantado el pie, dónde estaban tus raíces.
Ni siquiera podía hablar contigo.
La lengua se me pegaba a la boca.

Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
Apenas podía hablar.
Te veía en cualquier alemán.
Y ese lenguaje tuyo, tan obsceno.

Una locomotora, una locomotora
Silbando, llevándome lejos, como a una judía.
Una judía camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como una judía.
Incluso creo que podría ser judía.

Las nieves del Tirol, la cerveza rubia de Viena
No son tan puras ni tan auténticas.
Yo, con mi ascendencia gitana, con mi mal hado
Y mi baraja del Tarot, y mi baraja del Tarot,
Bien podría ser algo judía.

Siempre te tuve miedo: a ti, a ti
Con tu Luftwaffe, con tu pomposa germanía,
Con tu pulcro bigote y esa
Mirada aria, azul centelleante.
Hombre-pánzer, hombre-pánzer, Ah tú…

No eras Dios sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podía despejarla.
Toda mujer adora a un fascista,
La bota en la cara, el bruto
Bruto corazón de un bruto como tú.

Mira, papi, aquí estás delante del encerado,
En esta foto tuya que conservo,
Con un hoyuelo en el mentón en lugar de en el pie,
Mas sin dejar por eso de ser un demonio,
El hombre de negro que partió

De un bocado mi lindo y rojo corazón.
Yo tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté suicidarme
Para volver, volver a ti.
Creía que hasta los huesos lo harían.

Pero me sacaron del saco
Y me amañaron con cola.
Y entonces supe lo que tenía que hacer.
Creé una copia tuya,
Un hombre de negro, tipo Meinkampf,

Amante del tormento y la tortura.
Y dije sí, sí quiero.
Pero, papi, esto se acabó. He desconectado
El teléfono negro de raíz, las voces
Ya no pueden reptar por él.

Si ya había matado a un hombre, ahora son dos:
El vampiro que afirmaba ser tú
Y que me chupó la sangre durante un año,
Siete años, en realidad, para que lo sepas.
Así que ya puedes volver a tumbarte, papi.

Hay una estaca clavada en tu grueso y negro
Corazón, pues la gente de la aldea jamás te quiso.
Por eso bailan ahora, y patean sobre ti.
Porque siempre supieron que eras tú, papi,
Papi, cabrón, al fin te rematé.

(Un poema de Sylvia Plath)

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